30 de septiembre de 2010

MONÓLOGO INTERIOR

ALGO QUE PASA POR DENTRO


                  Tranquilo, tranquilo. La prostitución siempre fue así, la merca también. Parece que estás en el paraíso, pero de repente se te abre la cabeza y te das cuenta que estás acos-tado con una trola que no conocés y que te la está chupan-do y tampoco sabés por qué. La cosa es que seguís porque la joda tiene eso, eso de querer seguir y no querer parar, como una adicción. Pero la cosa es que estas ahí, mirán-dote en el espejo y te tocás la nariz porque te arde, sabés por qué es, ella está inclinada, y vos sabés que te duele, dejala que siga... no le va a hacer nada. Lo sabés, pero te inclinás vos también de nuevo y te tocás la nariz como diciendo te dije que te iba a doler pelotudo. Te levantás, te mirás en el espejo de nuevo y vas hasta la sala, prendés la tele y haces algo no habitual, te prendés un cigarrillo, para relajarte. Suspirás. Cambiás los canales de arriba hasta los menores, sabés bien que lo que te interesa está ubicado por ahí, en la franja más estrecha, todos juntos como un pa-quetito, como si estuviesen envueltos y preparados a pro-pósito para que los consumas, y vos caes, caes porque siempre caes y te plantás en uno. Después te tocás el pelo y te das cuenta que no te bañaste y que la noche por lo visto fue larga, y que queda algo de resaca también. Antes de llegar al baño, abrís un poco la puerta del dormitorio, ella esta ahí dormida, sabés que la perdiste hace mucho tiempo, pero la ves ahí, como el mejor recuerdo. Abrís la otra habitación y está la puta inclinada, ya no da más.
Cuando salís a la calle parecés otro. Parecés, dije, pero sos el mismo, por dentro, digo. Por dentro tenés esa cosa que te busca, ¿no?. Lo sabés, lo sabés bien, te persigue, lo llevás adonde vas porque lo tenés adentro. Y cuando ves a la gente, no sé, en Avenida Santa Fé, te preguntás si ellos también lo llevan, lo llevan los hijos de puta y lo disimulan bastante bien, de alguna manera, porque no se les nota, para nada, como a vos. Seguís caminando, escuchás algún tema conocido que sale de algún local y puteas porque te olvidaste el mp3, y el momento hubiese sido perfecto para poner algún tema que te haga más ameno el viaje, a todos nos pasó alguna vez. Pero la cagada es que seguís cami-nando, ahora por Ayacucho, la calle es un poco más estre-cha, y querés abrir los brazos y abrazar a alguien, porque estás contento, porque no te detenés, porque súbitamente pensás que todos nos podemos amar de una manera desin-teresada y te ponés contento, todos lo hacemos, y te sonreís en la calle, y afortunadamente no te importa lo que piensa el que te está mirando y se baja de la vereda para caminar por la calle cuando te cruza, porque no entiende la felicidad de tu cara, es raro, es sincero, no parece fingir el flaco, y mueve la cabeza, parece que está hablando solo; sí, en realidad se está hablando solo, no finge, se está diciendo “pobre flaco, le debe pasar algo, va caminando hablando solo, murmurando, riéndose, algo le debe pasar”. Pero todo tiene un fin. Cuando llegás al microcentro volvés a ser el flaco con esa cosa por dentro. Estás a punto de cruzar la 9 de Julio y pensás que es la más ancha del mundo, ¿para qué carajo nos sirve tenerla?, pero sabés que es así, está. Y Maradona es el mejor del mundo, eso sí, pero para qué. Llegás al primer semáforo. Te viene otra sensación, casi una expresión, ¡que linda ciudad la puta madre, hay que disfrutarla, no ser tan amargo!. Mirás a tu alrededor. Mirás tu maletín que no es de cuero y te gustaría tener una mochila, algo más cómodo, informal. Mirás para la izquierda y el sol te da en la cara, pensás, pensás sola-mente... que es la primera vez que sentís tan tibio al sol, lo sentís poético al sentimiento pero enseguida te asqueas por el pensamiento cursi y mirás para adelante al hombrecito amarillo en el semáforo, esperando como todos los demás. Das el primer paso con la pierna izquierda y no te molesta acordarte del refrán. ¿A quién le importa esa mierda?. Volvés de a poco a ser vos, estás lejos de ese que se reía en Ayacucho. Pero seguís.
Te parás en un puesto de diarios, todos los días lo haces, y mirás de reojo a una flaca que reparte volantes en el banco, te hace acordar a alguien, a alguien que olvidaste y no querés recordar porque te duele, sabés que te fue difícil superar que ella te dejara por otro, y encima vos que sos medio metrosexual, te hubiese gustado cagarlo a trompadas pero no te animaste, te quedaste con toda la bronca y ahora ves a esa flaca y te querés matar, te hace sentir como un pibe, aunque sos un pibe, pero el laburo que tenés te hace un tipo serio y te avejenta. La mirás y te escondés entre los diarios, no sabés que hacer. La sensación es media estú-pida, porque tendrías que encararla y se acaba la historia, tenés miedo al rechazo, te mata eso, estás solo, lo sabés, pero no estás queriendo a nadie, tampoco te querés casar ni mucho menos, y el sentir que alguien no quiere estar con vos ya pone el problema en otro plano, que es el de los demás, el punto de vista de los demás, por el que vivimos todos sin darnos cuenta. Te animás a caminar y pensás en la puta que te venís de coger, no tendrías que tener miedo, son todas iguales, les gusta a todas de la misma forma. Pero la ves, esta ahí paradita, no dice nada, reparte los vo-lantes desinteresadamente hasta que te mira, y vos la mirás y como un pelotudo no agarrás el volante que te extendía, sin saber que ahí esta el teléfono de ella, porque vende unos planes para el gobierno con el nombre del banco, y te pasás, te pasás de pelotudo, de cagón. No pueden decir nada los demás. Nadie sabe lo que le pasa al pobre pibe, por qué se tropieza, y nadie sabe porque a ella se le caen todos los volantes mientras lo sigue mirando. Doblás en Lavalle y tenés la lengua pastosa.
Llegar a Lavalle te dice que estás cerca y te ponés eufórico, muy eufórico. Te corre esa adrenalina por el cuerpo, la de la noche anterior y te empezás a sentir mejor, la piba queda atrás hasta la próxima vez. Te sentís medio ganador y medio perdedor. Sabés que es mejor que no sentir nada, por lo menos. Te ves en los espejos del cine, querés aminorar el paso para verte mejor, pero ahí entran los demás que crees que te están mirando, muy poca gente se para realmente a acomodarse el pelo y le importa un carajo si alguien la mira. Digo, tendrías que hacerlo más seguido. Eso te hace bien. Te gusta verte bien. Y te mirás así, al pasar, si tenés bien el pelo o la corbata, y seguís, pero con la sensación de no estar conforme con la ojeada, pensás en el baño de algún resto, pero sabés que tendrías que consumir, y es inútil porque vos sabés que sólo necesitás una mirada de menos de un minuto. Tenés esa sensación, la misma de la que hablamos cuando saliste de tu casa. Y la euforia se pasa, es momentánea, casi exótica, sabés que va a ser im-posible que vuelva. Te volvés a sentir raro.
Entonces decidís fumar. La medida es casi mágica, porque te olvidás que estás mal, que viste a la flaca y que venís de estar con una puta y no te bañaste. Pucho mágico, decís, lo prendés medio mal, porque hay un poco de viento, la magia se va a la mierda y quedás como el cornudo de la calle Lavalle. Pero con la tercer pitada y el celular que sonó la cosa cambió. Era tu jefe, te preguntaba dónde estabas y en cuánto tiempo llegabas. Falta poco, le dijiste.
Florida. Te pasa alguien de costado que te golpea, te das vuelta, la mirás, pensás que esta buena, y seguís cami-nando, pero te gustaría dar otra miradita, la verdad que tenía buen culo, pero no lo haces. Ves el puestito de pan-chos que por alguna razón no te gustan, o te gustan pero no te gusta ser de los que comen ahí parados pudiendo ir a un Mc Donallds, pudiendo relacionarte con otro tipo de gente. Pensás, pensás que es difícil vivir así, con esa careta diaria, con esas ganas de vivir, y ese no vivir cotidiano, convi-viendo para que estemos así. A todos les pasa, no se pueden hacer los boludos. A todos nos pasa que salimos y somos otros, independientemente de lo que trabajemos, de lo que pensemos, de lo que creamos que piensan los demás, de los demás como individuos, inclusive. A todos nos pasa que queremos vivir como se debe vivir, pero nos conformamos con lo que somos, careteamos la realidad, somos irreali-dades. Como vos, que vas por Florida floreándote pero de-jaste a una putita drogona tirada en una cama y eso ayer te hizo sentir bien, vos te sentís bien ahora, creés que te sentís bien, pero quién te dice qué está bien o está mal, es así, como vos lo creés. Te viene esa sensación a la garganta, a la boca del estómago, te late el corazón un poco fuerte, te transpiran las manos. Pero parás en un kiosko y te comprás unos chicles para el aliento, no sea cosa que le hables a tu primer cliente y eches todo a perder. Estás casi llegando a la plaza, sabés que tenés que doblar a la derecha.
Cuando doblás, y no sé si será porque era un ángulo cerra-do, el panorama cambia para vos. Tenés adelante a una piba de unos 18 años que está divina, que camina bastante rápido y usa zapatillas. Vos venís parejo, no te querés adelantar porque corrés el riesgo de no poder porque es ligera, pero tampoco te querés quedar atrás. Eso que tenés adentro te hace sentir que vos podés, y le querés ver la cara. ¿Quién será la que camina con esa armonía en las piernas, con esa soltura tan peculiar en las conchetas?. Te metés un chicle en la boca y te das cuenta que naciste para esto, que es innato a vos. A quién no le pasa. La cosa te dura menos de media cuadra, ella se para para comprar algo en un negocio, vos te haces el distraído que mirás porque parece que se te cayó algo, y le fichás la cara. Te dás cuenta que lo mejor para ella es que la miren de atrás, no es como la piba que reparte volantes en el banco, ni siquiera como la putita. Ahora sí. Te dás cuenta que estás llegando tarde.
El llegar tarde es, quizá, común. Siempre pasa algo. Depende también dónde trabajemos, si tenemos horarios flexibles o jefes flexibles. La cosa es que parece que llegás siempre tarde. Te quedan dos cuadras y pensás por qué no te tomaste un taxi apenas saliste de tu casa. Lo sabés, sabés por qué fue. La sensación parece estar ahí, la regurgitas, la traes de nuevo hasta la garganta, y sentís gusto a vómito. Tu jefe te está esperando.
Lo que no sabés es que enfrente, en la plaza, dos flacos se preguntan por primera vez que es lo que venís carburando. Los flacos están ahí sentados, tomando mate, pero discuten algo, algo de vos, porque te vieron doblar y hacer todo lo que hiciste, te vieron levantar algo del suelo y mirarle el culo a la mina. Que cómo estás vestido trabajás en una oficina, que tenés guita, que tu novia debe estar que se parte, que venís de buena familia, que nada en este momento te está rompiendo las pelotas, que tu trabajo es perfecto. Se preguntan, de ingenuos, si existe alguien que este pensando algo de ellos, tal cual como ellos de vos. No lejos, sino ahí. Que los estén mirando y diciendo, ¿que pen-saran estos flacos?, ¿qué estarán haciendo sentados a esta hora, en horario laboral, tomando mate?, ¡que vida, eh!. Vos venís a los pedos, podrías mirar pero no lo hacés, te parecen vagos. A la cuadra, sentís que te hubiese gustado estar en su lugar, sin presiones, escandalosamente tranqui-lo, sin esa cosa por dentro. ¿A quién no le pasa que quiere por un momento ponerse en el lugar del otro?.
Mirás la hora, te quedan tres minutos y una cuadra. La cosa se puede complicar, es tu primer cliente.
Te viene esa cosa que sentiste todo el viaje y que sentís todos los días. Lo sienten todos, ese vacío, esa cosa que no es cosa. Y tocás timbre. El portero te abre. Te dás cuenta que el trabajo es así, que las cosas no se pueden cambiar, que vamos a vivir encadenados al laburo hasta morir. Pero te acomodás la corbata, no te queda otra, además el trabajo te gusta, no lo negás, ponés siempre la mejor cara, la que elegís del ropero. Es el primer cliente tuyo, después de que hiciste de todo para la compañía. Ahora te dás cuenta de que con 30 años sos un tipo importante y podrías disfrutar más de la vida. Sabés que las cosas cambian, pero sabés también que te amoldás rápido, que sos como la masa de un panqueque, como la crema, como la plastilina. Todos lo hacemos. ¿Quién puede ser tan arrogante y negarlo?. ¿Quién no dejó alguna vez todos los ideales para hacer un trabajo pelotudo, para ser simpático, para tener química con los demás, para ser un poquito mejor, a costa de men-tirse descaradamente?. Sacás lo mejor de tu vanidad y te parás en el medio del hall para acomodarte el pelo, que lo tenés bien, pero lo querés repasar. El portero, que te mira, es un portero. Y subís. Sabés que la empresa te dio mucho, que no le podés fallar, que tenés que dar un poco más. Tirás el chicle en el piso del ascensor.
Tu jefe en persona te abre la puerta. Eso es importante, y que el tema de que llegaste tarde no lo va a tocar. Te pide que pases a la otra habitación donde tu cliente te espera. Antes, te presenta a su jefe, el que está más arriba, que te quiere conocer. Te hace quedar bien, lo sabés, por las cosas que le dice y más que nada por todas las que omite. Y querés dar todo. Ahora sí sos feliz, ahora sí querés abrazar-los, como te pasó en plena calle Ayacucho. Querés echar una ojeada al historial de cada uno y alabarlos. Querés compartir tu felicidad. Ya no sentís esa cosa en el estó-mago, se fue. Se fue la putita, se fue la flaca de buen culo y hasta la piba del banco. Entrás a la habitación.
No te dás cuenta, pero el cliente está nervioso. Se le ven algunas gotitas de transpiración. Vos te sentás, con estilo, te acomodás la corbata y abrís un cajón. Te preguntás ahora si es necesario saber el nombre del tipo, la vida. Y cerrás el cajón. Él te ve, claramente. No te preocupa tu camisa, ni la pared, ni las cortinas nuevas de la oficina, menos el piso recien encerado. ¡Pam!. Sabés que naciste para esto. Sabés que el seso enchastrando la pared, la sangre chorreando de las venas, y el nombre de un tipo común no te importan, como a todos.
  
Roberto Rowies.

Presentación

Presentación de Politica Sudaka, Editorial Eureka, 2009.
 
 

Prólogo por Gastón Zarza

Una primera instancia en la lectura de cualquiera de las obras que conforman este libro nos produce un singular sentimiento de alejamiento. Un universo tan real, trastocado en palabras, en el que proliferan individuos amenazantes, situaciones desconcertantes, fábulas sin ningún tipo de moraleja. Un universo infringido por las relaciones de poder y la arbitrariedad que está cifrando literalmente lo real.
Desde que la novela decimonónica creyó posible trasladar la realidad a la literatura la problemática ha sido siempre la misma, con mínimas variantes: ¿cuál es el nexo que une literatura y realidad? ¿Hay que buscar acaso en la obra al autor y con él todo lo que eso implica; o la obra una vez terminada goza de total autonomía? Borges decía que sus cuentos una vez terminados ya no le pertenecían pero también afirmaba que toda literatura es autobiográfica.
Pueden atribuirse muchas de las turbaciones e inquietudes del autor en su obra; pero las turbaciones de los personajes, en este libro, son la de la mayoría de las personas inmersas en el entramado social. Tanto los personajes que monologan en la primera sección del libro, como el personaje de Federico Burman, al final, hacen explicito lo que nosotros, individuos, en la vida real, dejamos pasar por alto. Sospechas que a veces nos asaltan pero que por un mecanismo de auto preservación naturalizamos enseguida. El autor toma de la realidad, por ejemplo, un caso reciente como el de los Pomar y de allí desteje una red de poder en la que estamos implicados todos.
La pregunta entonces no sería si el arte puede copiar lo real; podemos preguntarnos más bien, si todo lo que genera el mundo puede servir como material para la ficción. Correlato entre vida y obra puede menoscabarse cuando comprobamos que el fin último de todo es poner en palabras el sinsentido del mundo. Es darle, precisamente, sentido. De allí nace la literatura.
Porque hay una nueva manera de relacionarse con el mundo y una manera diferente de entender esa realidad y no sólo la literatura.
De qué sirve tener valor, se pregunta Burman, en Pompeya, si al final un tiro en la cabeza acaba con todo. ¿De qué sirve tener el valor de escribir? Sirve para evadirse, sí, pero también sirve para enfrentar esos mecanismos de poder y la arbitrariedad de una sociedad jerarquizada que excluye y condena. Sirve para salir de ese lugar impuesto.
Con Política sudaka asistimos a una nueva forma ya no de representar el mundo sino de distinguir con la minuciosidad de un artesano la inmersión en el mundo actual del hombre y sus desdichas.

Pablo Gastón Zarza, 30 de Diciembre de 2009

24 de septiembre de 2010

Muzio Clementi, Sinfonías Completas, Claudio Scimone

Clementi, Sinfonías. Scimone, Philharmonía Orchestra


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Jacqueline Dupré -Obras Completas- EMI CLASSICS

CD 2



  
 



22 de septiembre de 2010

Obra Completa de Jacqueline Dupré

Obras completas por EMI Classics

Jacqueline Mary du Pré (Oxford, 26 de enero de 1945 - Londres, 19 de octubre de 1987) fue una cellista británica, una de las mejores del siglo XX.
Esposa y compañera musical del pianista y director argentino-israelí Daniel Barenboim, debió retirarse a los 28 años, en 1973, debido a la esclerosis múltiple que produjo su deceso catorce años más tarde, en 1987, cuando contaba 42 años. Fue condecorada con la orden del imperio británico en 1976 y su interpretación del Concierto para cello de Edward Elgar es considerada referencial y, para algunos, definitiva.
Preferiblemente deben tenerse en cuenta las interpretaciones anteriores a 1971, debido al hecho de que las dificultades presentadas por su enfermedad son audibles en las interpretaciones posteriores
  • Antonín Dvořák: Concierto para cello, Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca, dirección de Sergiu Celibidache. Concierto público, 26 de noviembre de 1967, Estocolmo.
  • Edward Elgar: Concierto para cello, Orquesta Sinfónica de Londres, dirección de Sir John Barbirolli, grabado en 1965.
  • Johannes Brahms: Sonatas para cello y piano 1 y 2, con Daniel Barenboim (piano)
  • Beethoven: Sonatas para cello y piano 3 y 5, con Stephen Kovacevich.

He aquí esa onterpretación histórica anterior a 1971.
CD 1



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16 de septiembre de 2010

Esquiso, Editorial Eureka, 2010. Coedición Pablo Zarza-Adán Rowies

Edicion Ebook. CD con relatos en Pdf y audio.





Contratapa

Lista de relatos:
Pablo Zarza
-"Unos pasos ahí afuera"
-"La pensión del miedo"
-"Qué extraño fantasma"
-"El silencio del mar"
-"El infierno no existe"



Adán Rowies
-"París y Buenos Aires"
-"El caso Pomar"
-"Variaciones"
-"Mujer mosquito"
-"Los cuartos"
-"Nada"
-"La muerte segura"


La edición se distribuye solamente a pedido del que quiera una copia, ya que (lamentablemete)
no podemos hacerla gratuita. 
Contacto: robies21@hotmail.com. Precio: $10

Nuestro Producto
 

Artista Sudaca elegida


ARTISTA SUDACA: Mercedes Sibre, 24 años, Recoleta, Capital federal.
Cursó estudios de Licenciatura en Artes en el I.U.N.A.. En el Centro Cultural Rojas cursó fotografía hasta 2005. Sus primeros trabajos revelan un espíritu conservador, sencillo, con un mundo de ideas sin desplegar. De lo que podemos estar seguros con estos primeros trabajos, es que a los 19 años, al componerlos, ya demostraba su habilidad en cada trazo. Fueron producto de iniciativas de la facultad. Trabajos para evaluar diferentes texturas y formas, utilizando diferentes instrumentos para su composición. 
Sus posteriores trabajos en lápiz, madera, óleo, pasteles, acuarela y acrílico (aún no autorizados a publicar), despejan esa primera sensación. Son más atrevidos. Crecen en líneas y en habilidad. Los trazos pequeños y los detalles, son los que la revelan como un excelente artista, con un gran futuro.  



        TITULO: Primeros dibujos, realizados en el año 2004


"Objetos", Carbonilla, 2004
 Mercedes Sibre




"Objetos deformados"; Carbonilla, 2004.
Mercedes Sibre



"Llaves". Trabajo en lápiz, convertido a sepia, 2004.
Mercedes Sibre




"Trabajo en tinta china", sepia, sin título, 2004
Mercedes Sibre.



"Sin título", trabajo en tinta china, 2004.
Mercedes Sibre.





"Sin Título". Tinta china, 2004.
Mercedes Sibre




"Ovillo de hilo", Trabajo en lápiz original blanco
 y negro. 2004.

Mercedes Sibre
mechisibre@yahoo.com

13 de septiembre de 2010

OUVERTURE

En criollo, se traduce como presentación, prólogo, obertura. Supe que era conveniente una palabra en francés, para dilatar, o (exonerar) alguno de los cuentos del libro, cuando me leí a mi mismo y no me entendí. Parte de la filosofía de "Esquiso" es crear un mundo ficticio, arquetipo de la realidad, pero ficticio, el cual nunca llegamos a entender; sea porque estamos vedados para hacerlo, o simplemente porque no queremos. Cierto es, que, a medida que discurríamos sobre nuestras fatalidades, nos fuimos dando cuenta de que ya no podíamos diferenciar lo real de lo imaginario: ¿qué fue primero?. Existe un momento en el cual los sentidos se confunden, se polarizan, exceden nuestra comprensión. He visto a una mujer hermosa, pero otros no la vieron. ¿La imaginé? ¿o simplemente los demás no percibieron la belleza implícita en ella, pegada como la transpiración?. Una sensación vaga, nauseabunda, pasajera. 
Los cuentos, relatos, se fueron gestando con esa disparidad. Ninguno pleno de alegría. Ninguno llano de tristeza. Se ven reflejados nuestros anhelos, nuestras falencias, nuestros miedos. Escribí palabras que otros no escribieron. Dejé silencios. Confundi. En esa confusión entre yo, y me perdí completamente.
Los autores de este libro somos distintos. Muy distintos. En esa disparidad, en ese ejercicio inadecuado de las letras me esgrimo; él parece ser testigo de una aberración, de un completo desorden. Ordena el libro, lo equilibra, le da la sintáxis y la brevedad. Somos concientes de eso. Estamos confundidos. Arbitrariamente cayeron los relatos en un aparato que los unió, les dio un titulo, y sin inhibición lo echó a la calle. 
Creo (necesariamente), que en algo coincidimos. Otro (no nosotros ni ustedes) urdió esta trama casi milagrosa. 

Adán Rowies (Pablo Zarza, la contraparte)
Lunes 13 de Septiembre de 2010.

12 de septiembre de 2010

Capitalismo en imágenes caseras - Roberto Row

                        No voy a entrar en detalles absurdos sobre lo que es el "Capitalismo". Basta con saber que (aunque abstracto), existe. ¿Versiones?. Millones. Éstas son las mias, contadas en fotos, en una pequeña historia, de la cual, probablemente, trate de escribir algunos capitulos de un libro:

Gestación del Capitalismo. "Guerras". Miles de guerras para dominar a otros. "Muertos". Millones de muertos. Todo, en pos de tener más y más. Donde alguien cae, otro se levanta. Donde uno muere, otro nace. Esto es lo básico del capitalismo. Destruir para construir siempre algo más grande (no necesariamente mejor).


Nacemos empaquetados, con todos los "cánones" impuestos por la sociedad. Necesariamente nuestros padres tendrán que tener obra social para que nuestra llegada resulte más placentera. De lo contrario, seremos una semilla que germinará de otra manera, pero que será alcanzada, sin oposición, por el capitalismo. Creceremos, de acuerdo a que marca de que comamos, a que tipo de colegio iremos, a cual religión seremos adeptos, en definitiva; a lo que nuestros "padres ya capitalizados nos enseñen". 


Crecimiento y ramificación. Cómo crecemos junto al capitalismo. De la mano de él. Crecemos como este árbol, nos ramificamos en pensamientos capitalistas. ¿Adónde voy? ¿Con quén? ¿Qué me pongo? ¿De qué marca? ¿Cómo me peino? ¿Cómo soy? ¿Cómo me clasifican sociológicamente? ¿Flogger, Emmo, Punk, Roquero, Cumbiero? ¿Qué estudio? ¿Qué va a ser más rentable? ¿Dónde? ¿Cuándo y dónde trabajo? ¿A pata, en tren, en colectivo, en remis, en auto propio? ¿Hasta dónde me da el cuero? ¿Vivo solo? ¿Acompañado? ¿Sommier o cucheta? ¿Vaso de plástico o algún importado? ¿Casa o depto? ¿Crédito hipotecario o ahorro hasta los 50 años? ¿Pendeja o vieja con plata?. Pensamientos abstractos, nada más. No existen límites para el capitalismo, está en cada acción, en cada pensamiento. No hay culpa. Nacimos dentro del paquete. lo importante es: ¿Miro la televisión o pienso?. De las dos formas me ramifico.


Contradicción. Vanidad. Hermosas palabras que al capitalismo le encantan. Mientras espero que se cargue la foto, me fumo un cigarrillo. Fatalidad del encantado. Enajenado. Contrariado. Mentiroso. ¡Nos servimos de la mesa de la vida cotidiana de tantas imágenes y sonidos!. Nos parecen normales. No escuchamos los pájaros, no vemos las flores, no nos gusta lo cursi. Friki o friqui. (del inglés freak, extraño, extravagante, estrafalario, fanático), es un término coloquial, no aceptado actualmente por la Real Academia Española. Nos fanatizamos por cosas triviales, que están de moda. Y está bien. No lo podemos evitar. Somos seres individuales ¿No?, pero ciertamente culturales. Absorbemos. Se absorbe, lentamente el humo de nuestra vida. No hay fatalidad si lo creemos. Somos ese palo ensartados en la porqueria. "Humus" del capitalismo.

Lo que tomamos. Absorsión. Papel en el agua putrefacta. Monsanto. ¡Comprate algo si querés!. Agua que somos. Lluvia que no sentimos en la cara. Contaminación... bahh que palabra. Nos empalaga. Está bien. No podemos hacer nada. Nosotros no somos los que contaminamos. ¿Qué?. Bahh. Dejemos que compren glaciares y fuentes de agua potable. Futuro. Vaso de agua a la venta. ya existe. Ya lo asimilamos. 90% de agua en el mundo. 0.01% potable. Somos 90% agua, nuestro cuerpo. Como un tomate maduro. Que la vendan. Les enseñaremos a nuestro hijos que marca comprar. Oro transparente. Agua o muerte.


Consumo. Comer. Morfar. Digerir. Lecticina de soja, en el chocolate. Soja prohibida en Europa. Nosotros la cultivamos, Monsanto nos vende el herbicida (cancerígeno a largo plazo). Conicet avala. Después se arrepiente. mucho después. ¡Hay Glifosato para rato!. Firmó el gerente del kiosquito. A largo plazo. Ni se enteran. ¿Ignorantes?. No. Para nada. Ciegos. Ceguera que no se va. Barro en la comida. Mejor verduras, vida sana. Herbicida para rato y para todo. No nos escapamos. Obras sociales, a FULL. Gastroenteritis. Empresas farmaceuticas, triplican facturación. Nos venden lo que quieren. Parece, parece que lo necesitamos. Gripe, toma. Porcina, toma ésta. Chancho para rato. Come. Consumí. Sé preferencial. Revolcate en el barro que te paso la crema de enjuague. No, de esa marca no tengo.


Nuestra vida dentro de nuestra vida. Broches colgados del tendedero. Enganchados, tocados por la varita del capital. ¿Marx?. Naaaa. Somos todos iguales. Iguales ante el capitalismo. Pero si se ve, somos de distintos colores y ocupamos espacios diferentes. En la conciencia, en el otro yo (Freud, noo), el color nos repele. Apretamos difrenetes prendas. Un calzoncillo o una campera Tommy. No, esa a la tintorería. Estamos ahí, prendidos como moscas en un cuerpo muerto. Estamos en una abtracción de ideas capitales. Como en ése tendedero. En éste, en el que me figuro, estamos solos.

Final feliz. Aceptación. Vejez. Pozo. Calavera. Ataúd de pensamientos. Me hubiese gustado una mesedora, pero con el bastón de caña bastó. Tanque de agua. Nos ahogamos. Hicimos de Titanic la mejor película de todos los tiempos. No se ahogó nadie. Ficción. Nos gusta. La vivimos. La consumimos. Envejecemos con ella. Le creemos. Viejo que no está, se fue. (Cine Francés, inadaptado, pero recomendado). Nadie se enteró. Genio enterrado, visto sólo por el pocero. Le echaron poca tierra, había más cuerpos para cubrir. Se descompone solo. El olor no nos llega. Resignación. Cáncer de pulmón, neumonía, Sida, muerte natural. Caso 1, 2, 3, 4: paro cardio-respiratorio. Anotar la hora del deceso. ¿Culpa de quién?. Jaja. No hay culpables. En el capitalismo todo se exonera.


Nada de pierde, todo se tranforma. Capitalismo en estado puro. Caca. Argumento trivial, pero eficaz. Nash. Wall Street. Apostemos. Torres gemelas; capitalismo en expansión. Apostemos. Moore, el gordo, el censurado. Y mártires que portaron banderas y se cruzaron el bastón con la cinta. Capitalismo en el pasto. Todavía queda algo. Hay verde. hay esperanza. Todavía recuerdo un desconocido que me contaba como había hecho su casa, en el medio de la pampa; con barro, pasto, y mierda.

Fuente: la casa de uno cualquiera.
Fotos: mias, con el celular. Lo compré y me costó. Cadena.
Ingenio: de nadie. No hay.

Fragmento de París - Buenos Aires, ESQUISO, Editorial Eureka, 2010

Esquiso, Editorial Eureka, 2010


(...) Había algo en ella que todavía me gusta. O tengo esa sensación. La inconsistencia, la inconformidad. Ese olor a café de Buenos Aires con calle de París, ese acento nasal que cuando se mezclaba con el cigarrillo armado, le desarmaba la boca.
-Lo sabías… repetí y solté una carcajada. Ella se rió conmigo.
-Lo sabías –le dije de nuevo- y repetí la risotada.
-Si, te dije que ya lo sabía.
Eso que yo le digo nasal o barrio porteño es lo de menos. Había que verla caminar por la calle de adoquines en San Telmo, o en “Parc des Buttes Chaumont”, disfrutando esa sensación, diciéndome “es un día a día”. Y se paraba en el cordón de la vereda, en Recoleta, y lo recorría como si fuese una equilibrista, hasta el final y me abría los brazos para que la fuera a buscar. “Merde fou”.
Era esa inconsistencia, ese no placer. “sabes que quiero fumar cuando hablas así”, me decía. Sí, era eso que no lo podía reconstruir con las manos. Lo formaba el momento, la contradicción. Y se lo repetía: “merde fou” y ella se excitaba de a poco. “Vamos a fumar y después a mi casa”, me decía.
-“Oui, Laura, oui”. (...)

10 de septiembre de 2010

"UN POBRE TIPO" cuento finalista, concurso Ruinas Circulares, Editado, Antología 2009



UN POBRE TIPO

 Pobre tipo, pensé. Todos alguna vez lo somos, pero ser así, como ése, como ése tipo, de verdad daba lástima. Y no de la lástima que se mezcla con pena, no, esta no era anecdótica, ni se iba a olvidar fácilmente, era una de esas lástimas que duelen en lo profundo, que lastiman, que carcomen, que surcan de alguna manera y redimen algo que alguna vez fuimos todos, o tal vez lo somos sin admitirlo, unos pobres tipos, pero no, les aseguro, no como ese, que daba escalofrío con solo verlo. Su mirada profunda y perdida en algún objeto. La forma del hueso frontal de la ca-beza, que le daba más profundidad a los ojos, que se perdían hacia atrás, los músculos de las cejas apretados, que sobresalían por su anormal estado de tensión. Esos ojos se perdían inevitablemente en algún objeto o en alguna idea. Su cuerpo era ordinario, cargado de una débil grasa que no alcanzaba a engordarlo. Tenía hombros pequeños y brazos largos. Su tez era blanca, pero salpicada de tonos colorados y amarronados, como manchas de sol o quemaduras, pero muy sutiles, que daban la impresión de una piel más ho-mogénea y de color más oscura.
No rebajaba el ser pobre con el carecer de medios económicos, no, que quede claro, lo rebajaba aún más que eso, a un hombre pobre de alma, de corazón y espíritu, casi como una sombra. El sistema nos deleitaba a diario con este tipo de personas, personas que no son, que no sienten, que no se estimulan, que se corrompen fácilmente por las debilidades de la carne, que se asustan, que fingen, que menosprecian, que juzgan, que doblegan, que soslayan, que especulan. El término parecía más ordinario aún cuando se lo comparaba necesariamente con otro pobre, porque este era pobre de alma, muy pobre, demasiado. Sin embargo era suelto de cuerpo, con una apariencia decidida. Ser pobre es ser pobre. Pero ser ese pobre, era no ser. Ya que los veíamos a diario, nos parecían comunes a todos, estábamos enajenados por ellos. Se veían en una esquina, en una pla-za, en la cola del banco, en el colectivo, sentados a la cabecera de una mesa, en una banca del congreso, en la televisión, los escuchábamos en la radio, los leíamos en el diario; pero uno así, creanme, era difícil de encontrar, también difícil de digerir. Uno no sabía si permanecer a distancia, o débilmente enfrentarlo con palabras inteligentes, uno no sabía, porque él no las entendía, necesitaba de frases más sencillas, más ordinarias, que doblegaban a uno, que lo asfixiaban. Teníamos que hablar de ciertos aspectos de la política, como si el presidente tenía un ojo mal o los dos, que si tenía guita, que si afanaba, que si su mujer estaba buena, que qué comía cuando estaba en la casa rosada o si fingía cuando hablaba de la manera que lo hacía. No hablábamos de si en realidad esa persona era el presidente, o que si su mujer lo era por que él manejaba el país, no de las empresas que hacía accionar en el interior, no de cómo había perdido en el congreso pero todavía tenía voz y voto, no de como 9 de cada 10 tapas de revistas hablaban de él, mal o bien, pero hablaban y por qué lo hacían, no de coimas, de corrupción, de censura, por nombrar algunos temas. No porque éstos fuesen más profundos o más técnicos, sino porque formaban una realidad que debía ser conocida, ad-mirada y criticada. No teníamos que ser meros entes que se dejaban ser por otros, no, debíamos saber si había consonancia al pronunciar, por ejemplo, la palabra libertad con dos laringes distintas, quizá una en el congreso y otra per-dida en la charla de una familia en un barrio. Decir libertad no era lo mismo. Por eso ser un pobre, o un pobre de alma, tenía connotaciones diversas, fuertes y emblemáticas. Uno no podía tolerar ser del segundo tipo, no. Tenía que luchar, morir inclusive en el intento de no ser.
Pobre tipo, pensé de nuevo. Iba por avenida Libertador sin casco, rebasando otra moto que manejaba una mujer. Me gustaba sentir el aire fresco de la mañana. Me gustaba lle-varlo conmigo a donde fuese. Yo, sinceramente, pensaba de mí que era un pobre tipo, del primer grupo. Sin embargo no podía fingir el miedo de volver a ser uno de los otros. No podía. Ese día renuncié a mi trabajo. Le dije a mi jefe que lo de la moto no era para mí, que estaba para cosas más serias y redituables. Él no objetó ni una palabra. Lo vi revisar una pila de curriculum para llamar a un próximo candidato para el puesto. Dejálo no ser, pensé, y salí con una sonrisa en el rostro, dibujada. Tenía la suerte de tener que dar pocas explicaciones y a pocas personas, a dos. Me volví a pie, porque la moto no era mía. Ví pasar a la mina que yo había dejado atrás en la avenida. Venía con una sonrisa figurada y al verme me mostró los dientes, como una señal de aceptación. Detuvo la moto en la vereda y me dijo que te vaya bien, no ibas a durar mucho en ésto. Y era verdad. No quería ser de nuevo ese pobre que se dejaba no ser, aunque me desagradaba también la idea de ser el otro pobre, ése que se dejaba ser, pero que sin embargo no era.
Yo había sido pobre alguna vez. En los dos sentidos. Primero uno y después, con el tiempo, el otro. Después con cierta urgencia volví al primero. Por eso podía hablar y decir. Había tenido hambre, sueño, y también había llegado a no tener nada, aunque tener nada, ahora que lo pensaba, era, en fin, tener algo. Quizá para no tener realmente nada, había que pensar que esa nada no era nada, un nada de nada. Pero se caía en algo sumamente más trágico, en una repetición indefinida del término, en algo filosófico, astro-nómico, universal, aunque sumamente digno. Pensar que uno no tuvo nada de nada de nada parecía absurdo o psicótico, pero para figurarlo se podía decir como que no tuve ni siquiera un nada.
Después tuve todo. Riqueza, mujeres, dignidad imaginaria, marginalidad consciente del alma. Me doblegué. Por un lado había luchado por no ser ese pobre que tanto despre-ciaba y por el otro lado caía en el agujero de Alicia en el país de las maravillas, con un vaso de whisky en la mano y la nariz ensangrentada. Ya no era el pobre del que todos decian, ése, el pobre, sino el otro, el que podían llegar a decir, pobre...
Tuve todo. Pero parecía como no haber tenido nada. Aclaro, parecía, porque diariamente me preguntaba, ¿qué es lo que tenés, a qué te aferrás con tanto esmero, a qué te dejás ser?. El día que salí por la puerta de atrás humillado por ellos, deje de ser ése. Dije: ya no sos. ¿Qué era tener todo al final?. Todo no puede ser nada ¿Todo es nada? ¿Nada puede ser todo? ¿Todo es todo?. ¡Que ficción!, dije. ¿Cómo pude haber creído que tenía todo, si no era nada?
Me afeitaba con la paciencia de un cirujano. Iba a contrapelo, desde el mentón hasta el labio inferior, enjuagaba, iba desde el cuello pasando por la mandíbula hasta los pómulos, enjuagaba, pasaba en los bigotes, desde el labio superior, subiendo, hasta la unión con la nariz. Así una y otra vez. Me miré al espejo por primera vez en años. ¿Quién sos?, dije en voz alta. Hubo consonancia. Los dos, el pobre y el otro pobre habían hablado. Se volvió a repetir. Sos vos, al fin. -dijeron.
La bala me atravesó la laringe hasta el occipucio. Eso, por supuesto, me lo explicaron después.

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