14 de junio de 2011

Confesión esclerótica

NADIE LO VIO



Una tarde como esta, una imagen como si fuese una fotografía, quedó pegada en mi mente. Yo tenía ocho o nueve años, jugaba  con autitos, de esos que cambiaban de color en los 90 si los metias en agua. Aparacieron dos pies delante mio, una mujer, un jean color verde agua rayado tiro alto. Me dio un beso. Uno a uno me dejó caer los autitos desde la silla donde me había subido. Para estar a su altura. Se había sacado el corpiño y exhibía los senos de pezones rojo intenso delante de mis ojos. Me agarró una manito mia, fria, incandescente por dentro, y la apoyó en su piel caliente. Me hizo recorrerla, sumarla, restarla, mojarla, hasta que no supe dónde estaba. A veces creía que era algo natural, que debía hacer eso porque era cercana y la conocía. Después me enteré con los años que todo es completamente diferente. Como una pupila esclerótica, mi mente aparentemente funciona de la misma manera.
Tengo olores desechables, fricciones dramáticas e innecesarias. Yo pensaba en el agua y en el color de los autos. Como era un juego desigual, siempre perdía. El rojo es unos de los colores que menos me gusta a simple vista. Con los años gané, pero no me puedo olvidar de los autitos en el piso abollados y mi cara sumergida en los abismos y en los olores del cuerpo de mi tia.

6 de junio de 2011

EL LABERINTO Y EL SUEÑO


             Se desplomó ante el infierno. Recordó su nombre suavemente, como cuando se tiene un
pensamiento lejano y sencillo, y se imaginó en el paraíso. No era la primera vez que le sucedía, ya
en otras ocasiones había perdido la noción de la realidad, y pensó en eso que llaman muerte todos
los mortales. Eso efímero y vulgar al que creen llegar con el tiempo necesario, justificable, y a la
vez necio. Se quedó hablando con un hombre común antes de llegar a la encrucijada, la que unía
laberintos, la que se perdía en las dimensiones del tiempo. Tuvo una idea vaga e imprecisa de la
hora que corría, pues ya había atravesado mares y montañas. Por fin se detuvo ante un laberinto
heterogéneo.
Había existido una dualidad entre la carne y el espíritu de la que él sabía, pues con ella se
había formado el mundo y todos los demás mundos de la memoria. Un principio con fin en si
mismo. Al entrar presintió que jamás encontraría la salida, que se perdería en las encrucijadas y en
los círculos, aquellos de los que nadie es inmune.
En el centro se sabía de un lugar mágico y siniestro, de espadas y de rosas, de cosas
aleatorias. Muchas almas habían sucumbido ante el intento de separar el bien del mal, a la justicia
de la injusticia, al amor del odio. Aquellas pruebas no sólo ignoraban esa connotación, sino que la
negaban. Aprenderían de un Dios de guerra y paz, de un hombre perfecto y transgresor. El
melodrama de la vida era el primer laberinto, quizá no tan complicado como el de la muerte.
Caminó pensando en el devenir universal, en la historia, esa cruel enumeración de hombres y
batallas, de mentes lúcidas y enfermas al mismo tiempo.
Ya había pasado las primeras curvas que lo llevaban en direcciones opuestas; primero a la
izquierda, luego a la derecha y después lo contrario, en desorden. Su justo juicio lo asediaba, le
consumía la vanidad del azar y lo azaroso. El hombre común se repetía en el camino, pero ésta vez
llevaba una vasija en la mano con agua dulce. Se la ofreció sin mirarlo y pronto se dio cuenta que
aquel cruzaba el umbral y se dirigía a la curva siguiente. La bebió y se reclinó en una de las paredes.
En la proximidad divisó a un niño sentado con hojas en la mano. Parecía el tramo más fácil de
recorrer por ser recto. Sin embargo el niño se sobresaltó y con ademán brusco le indicó en camino,
que apareció a sus espaldas, sin mirarlo. “Gire a la derecha, luego a la derecha, a la izquierda y a la
izquierda”. En las hojas, el hombre, pudo divisar el griego, y en la cantidad mil y una. El niño
seguía escribiendo con suavidad. Finalmente, cuando dobló por última vez a la izquierda, se topó
con una pared inmensa.
La mujer azul le puso zapatos y le indicó el camino. Se precipitaron en él las primeras ideas
de auxilio, de sofocación, de encierro. En el aire flotaba un óvalo transparente y en el centro un
sueño. El sueño soñaba con un óvalo y con un laberinto, y en él un hombre perdido en sus
bifurcaciones. En el sueño del hombre se erigía un infierno y un paraíso equidistante. Giró a la
derecha y se halló en el centro de los laberintos. Era un cuarto cerrado. El cielo aun se podía ver
grisáceo, a lo lejos.
El diapasón y la esfera tenían luz propia. El pequeño universo tornaba hacia la forma del
mundo, al de las cosas palpables. El diapasón emitía una nota y en el eco extinto se devolvía otra. El
cielo y la tierra eran la misma cosa. Cosas. El mismo hongo en las paredes, la misma putrefacta
compañía de una fruta podrida en un rincón, el mismo sabor del aire dulce.
Se desplomó ante el paraíso. El niño articulaba notas de una obra de Mozart en su fagot de
piedra; el hombre común pedía monedas y acariciaba los restos de un felino muerto. Él comprobó
que en sus manos había humedad y tibieza. Un poco más arriba, y más grande, un círculo gigante
como una pupila se mantenía fijo en el cielo. Al fin tomó la esfera y la agitó. Los laberintos en el
centro se mezclaron. Toda una vida. Toda una vida le bastó para darse cuenta que ese espacio se
mantenía rígido e inmóvil. Toda una vida para desecharlo y jugar con otro.
21:19
13-11-2004

Una sirena

                            UNA SIRENA                                

                 Una sirena bate el silencio de la ciudad. Yo camino por Posadas, Ayacucho. Libertador, me encierro a mi mismo. Me caigo de rodillas en la esquina, entre las bolsas de residuos de los departamentos chetos. Una moto pasa, me mira, me escupe, piensa que busco algo entre la mugre. Me levanto, sigo la sirena de cerca, la busco. Se bate fuerte, y describe una órbita elíptica de ruido; o sea, el sonido se aleja, se acerca, se aleja...
Me acerco, ya estoy al trote por la vereda. Una vez que la tengo en mis manos la sacudo, la bato, para que vuelva sobre sí misma. Ahora él es el que corre. Yo lo sigo.