14 de junio de 2011

Confesión esclerótica

NADIE LO VIO



Una tarde como esta, una imagen como si fuese una fotografía, quedó pegada en mi mente. Yo tenía ocho o nueve años, jugaba  con autitos, de esos que cambiaban de color en los 90 si los metias en agua. Aparacieron dos pies delante mio, una mujer, un jean color verde agua rayado tiro alto. Me dio un beso. Uno a uno me dejó caer los autitos desde la silla donde me había subido. Para estar a su altura. Se había sacado el corpiño y exhibía los senos de pezones rojo intenso delante de mis ojos. Me agarró una manito mia, fria, incandescente por dentro, y la apoyó en su piel caliente. Me hizo recorrerla, sumarla, restarla, mojarla, hasta que no supe dónde estaba. A veces creía que era algo natural, que debía hacer eso porque era cercana y la conocía. Después me enteré con los años que todo es completamente diferente. Como una pupila esclerótica, mi mente aparentemente funciona de la misma manera.
Tengo olores desechables, fricciones dramáticas e innecesarias. Yo pensaba en el agua y en el color de los autos. Como era un juego desigual, siempre perdía. El rojo es unos de los colores que menos me gusta a simple vista. Con los años gané, pero no me puedo olvidar de los autitos en el piso abollados y mi cara sumergida en los abismos y en los olores del cuerpo de mi tia.