14 de octubre de 2010

Fragmento de la "La viuda negra"

(*) Pertenece a la serie de relatos de mi 4° libro, "Réquiem para un músico"....

LA VIUDA NEGRA

                       El tipo se llamaba Ciro no sé cuánto, era Griego, o de por ahí cerca, no me acuerdo ya, o no me quiero acordar, pero si que era griego y de los buenos. De los buenos tipos y de los que la amarrocan hasta tener varios palitos en el banco. Se le notaba en el porte, en la contextura física, en los músculos de la cara, que el tipo no era de acá. No es que lo miraran todos lo del bar cada vez que entraba y pedía café negro con tosatadas peladas, sin nada. Para mi que lo hacía para demostrar que se le bancaba, no sé, lo digo ahora, porque nunca me crucé de manos con él, aunque tampoco me hubiese animado, era un animal; fornido y me sacaba como una regla del colegio, de las de treinta centímetros. Pero parecía inofensivo, su cara lo decía, era un buen tipo ahora que me pongo a pensar bien, lástima lo que pasó hace unos días, y no lo vi más al griego. Nunca le pregunté el apellido, porque de una u otra forma, después tenés que estar inventando uno tuyo para, por lo menos, para no quedar tan mal. Yo creo que nos hicimos amigos, esa especie de amistad pasajera, que uno sabe que no va a llegar muy lejos, por más que uno le ponga lo que le tiene que poner, simplemente porque sabés que el tipo viaja, tiene otro status, y en última instancia por algo más íntimo que sólo uno lo sabe. Y en el momento que se concreta esa tercera parte de la trama, uno se pregunta si el tipo hubiese sido un buen amigo, esos de verdad, que te aconsejan y te apoyan cuando las cosas no van bien. Pero con el tiempo me dejé de hacer esas preguntas, es algo mecánico que tengo en el orga-nismo. Lo cago, desaparezco una o dos semanas por el lugar hasta que el tipo se cansa y vuelvo lo más tranqui. Yo sé que preguntan por un tal Pedro, o Diego, o Juan, nombres comunes, que se pueden confundir con cualquiera. No digo que al verlos se confundan. No. Mi cara no se la pueden confundir con la de nadie, por más que otro se llame igual que yo, es práctimente imposible. La del griego no; era rara, pero confundible con la cualquier europeo que ande dando vueltas. El problema estuvo siempre en el metro noventa y pico del tipo. Yo se lo decía a Alejandra, que me daba mala espina, que el tipo no era común y que despues había que verselas con ese lungo, que podía tener contactos por todos lados, qué se yo que más le decía; era el cagaso de hacer algo groso de una vez por todas y terminar defini-tivamente con éste laburo. Alejandra fue la que me convenció. Lo vio medio tibio al griego con res-pecto a las mujeres, y ese fue el gancho ideal.