2 de octubre de 2010

Concurso zonaliteratura.com.ar

 PLAZA CONSTITUCIÓN
por Roberto Rowies
(votar en el siguiente enlace para concurso)


Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, Pablo Neruda.
                
                  Es una frase que poco tiene que ver con los sucesos que voy a narrar, tampoco tienen éstos algo más de irrelevancia que lo dicho por Neruda. Sin embargo, los encuentro necesarios y, acaso, imprescindibles para la vida de todo individuo. Sentado aquí les escribo, o les describo, todo lo que está a mi alrededor, todo lo que funciona. (Hace más de una hora que espero, aunque sé que sólo la veré caminar hacia mi por el camino, uno de los dos que hay, sin contar con algunas bifurcaciones para los dos lados de la plaza, recién en la hora entrante). A la derecha del sendero de árboles (que divide los dos caminos principales que cruzan la plaza) se despliega con toda su gracia un arenero con varios juegos para chicos y por qué no para algún mayor con alma de niño; se encuentra a mi derecha también. Yo lo considero como el alma de la plaza, el símbolo. Sin arenero con juegos y chicos no existiría lo que se denomina “plaza”. Aquí no hay chicos. 
    El banco es demasiado bajo para mi estatura, sin embargo hace una hora y cuarto que estoy y no he sentido incomodidad. Es de esos que poseen maderas finas ubicadas de tal forma que se arquean en las piernas y en la espalda; ¡son los clásicos bancos de plaza!. Están baqueteados por el maltrato y solo dos, de los ocho que alcancé a contar, conservan intactas todas sus piezas, a excepción de la pintura.
    Una paloma agita sus alas aterrizando exitósamente a mis pies; me recuerda que ya debe ser la hora y miro el reloj: pasaron ocho minutos desde que observé el arenero. Ahora las palomas son muchas y picotean el suelo que está minado de florecillas amarillas que caen de los árboles. Varios palomos muestran su envergadura empujando a las más jóvenes, ¡que delicadas que son!, no he visto ave doméstica más elegante y sutil. Inspiran (creo) a la parte más bella de la plaza, ¡que importantes que son!, sin ellas tampoco  habría lo que se llama “plaza”. Se mezclan (justo cuando observo a tres cartoneros en uno de los bancos a seis metros), unos gorriones entre las palomas y los palomos. Intentan jugar.
    Bostezo por primera vez (acaso un amigo mio sabe a causa de que) y sigo con la mirada la labor de los tres hombres. Doblan forzadamente los cartones, los apilan y luego los atan con una cinta difícil de cortar. Mientras tanto ríen (no sé qué los motiva), ríen felices de algo (y recuerdo ahora la frase del poeta). Pienso preguntarles algo importante para mi cuando tenga que irme, dudo que no sepan la respuesta.
    Miro nuevamente el reloj, faltan quince minutos. No sé por qué llegué tan temprano (seguro que usted se lo preguntó también), pero no me niegue que nunca sintió ansiedad en las vísperas de una cita, o estando en ella. No me niegue que no hizo locuras y hasta no dio unas vueltas antes de verla ahí sentada, con las piernas cruzadas, sobre el vestido floreado, esperando. No me diga que no se quedó un momento observando esa postal universal, ese amor primerizo, esa sensación vaga, intensa e indescifrable llamada amor, vaya a saber uno por qué. No me lo niegue. Yo no le miento. Llegué temprano, me anticipé a su ronda, sin duda. No sé bien con cuántas horas o minutos, pero le aseguro que me siento cómodo, distendido, a la espera. (No le voy a mentir, cuando la vea caminar por el sendero de flores amarillas, de árboles, ella y su dulce rostro me van a confundir. El tiempo no va a ser tiempo, la duda va a ser desestimada, la ansiedad será ahogo, la cosquilla, hormigueo persistente y casi molesto). Yo la espero hace más de una hora y cuarenta cinco minutos, pero ¿importa el tiempo?. Importa que llegue y se siente junto a mi, eso sería muy importante. Denotaría que estuvo buscándome por toda la plaza (aunque yo no le indiqué exactamente el lugar) y, acaso, exprese cierta alegría al verme.
    La busco entre la gente que camina  por ambos senderos a mi izquierda, ya está por ser la hora y quizá llegue antes de lo previsto (no acostumbraba a hacerlo). Las personas pasan y no miran; estoy sólo sentado en un banco con muchas palomas, palomos y gorriones que me dividen de los tres cartoneros; ¿no es una digna postal para observar? ¿acaso es una imagen frecuente?.
    Un señor cruza entre las palomas (éstas se elevan pero caen a los pocos metros) y me pide fuego. Con mis manos le hago gestos de que no poseo (ubico ambas manos en los bolsillos y con la cabeza niego poseer algo). Los gestos los interpreta a la perfección y se sienta a unos metros,  en un paredoncito. Intenta prender el cigarrillo con su encendedor y lo consigue (aunque con esfuerzo), luego lo fuma y se retira. Me hubiese gustado pedirle uno.
    Las agujas llegan al momento pactado; ni la sombra de ella aparece por el lugar.Trato de disuadir mi enojo (en realidad la ansiedad) escuchando el tránsito pesado que circula por Avenida San Juan. Sin los autos que se agolpan, producen ruido e intoxican el ambiente la plaza sería mejor, pero en realidad ¿sería mejor?. ¿Acaso a falta de una cosa la otra sería necesariamente mejor? ¿No es posible que algo fuera ese “algo” por sí mismo?.
    Pasaron quince minutos (porque cinco los utilicé para cerrar los ojos y dejar mi rostro merced del sol que apenas entraba entre los árboles). No llegó. ¿Estará buscándome? ¿O sentada, observando las vicisitudes de la realidad espera que yo llegue por uno de los senderos hace dos horas y cuarto?.
    No me levanto del banco y pienso qué situación es la más correcta: “que yo esté esperando o que ella lo esté haciendo”. Sin duda lo segundo. Lo primero resultaba tedioso, pero cómodo al fin; lo segundo era de una responsabilidad mayor; había que encontrar algo al momento pactado. La primera no poseía esa responsabilidad (pero era fundamental llegar antes para esperar). Entonces, aunque pequeña, había una regla: llegar antes.
        Suena la alarma del reloj (indica que no debo esperar más, pasó el tiempo tolerable), y me levanto. Pero, ¿es imposible esperar más? ¿Y si llega cuando yo no estoy?. ¿Me esperaría ella a mi entonces?. (Me siento y espero quince minutos más). No llega. ¡Ahora si me voy!. Ha pasado el tiempo tolerable. ¿Tolerable?, ¡Si eso es lo más cómodo!  ¡Esperar!. ¿Es cómodo al fin esperar? ¿Es fácil?.
        Me levanto y camino unos metros en la dirección en la que ella tendría que haber aparecido con su vestido liviano y floreado. He decidido irme. Si la cruzo en el camino me quedo, y acaso hablo de todo lo que sucedió a la espera de su llegada. ¿La cruzaré?. ¿El azar puede determinar el encuentro entre lo que deseo y lo ya determinado?. ¿Entre el futuro y mi destino?. 

       Los cartoneros me observan (de seguro que no es la primera vez que lo hacen), mientras yo me acerco a preguntar mi inquietud (la que tuve desde que llegué). Sólo uno de ellos gira para ser el alocutario. 
- Disculpe señor –le dije-, ¿sabe usted cómo se llama esta plaza?.


Roberto Rowies, 2003, Buenos Aires, Argentina.