10 de septiembre de 2010

"UN POBRE TIPO" cuento finalista, concurso Ruinas Circulares, Editado, Antología 2009



UN POBRE TIPO

 Pobre tipo, pensé. Todos alguna vez lo somos, pero ser así, como ése, como ése tipo, de verdad daba lástima. Y no de la lástima que se mezcla con pena, no, esta no era anecdótica, ni se iba a olvidar fácilmente, era una de esas lástimas que duelen en lo profundo, que lastiman, que carcomen, que surcan de alguna manera y redimen algo que alguna vez fuimos todos, o tal vez lo somos sin admitirlo, unos pobres tipos, pero no, les aseguro, no como ese, que daba escalofrío con solo verlo. Su mirada profunda y perdida en algún objeto. La forma del hueso frontal de la ca-beza, que le daba más profundidad a los ojos, que se perdían hacia atrás, los músculos de las cejas apretados, que sobresalían por su anormal estado de tensión. Esos ojos se perdían inevitablemente en algún objeto o en alguna idea. Su cuerpo era ordinario, cargado de una débil grasa que no alcanzaba a engordarlo. Tenía hombros pequeños y brazos largos. Su tez era blanca, pero salpicada de tonos colorados y amarronados, como manchas de sol o quemaduras, pero muy sutiles, que daban la impresión de una piel más ho-mogénea y de color más oscura.
No rebajaba el ser pobre con el carecer de medios económicos, no, que quede claro, lo rebajaba aún más que eso, a un hombre pobre de alma, de corazón y espíritu, casi como una sombra. El sistema nos deleitaba a diario con este tipo de personas, personas que no son, que no sienten, que no se estimulan, que se corrompen fácilmente por las debilidades de la carne, que se asustan, que fingen, que menosprecian, que juzgan, que doblegan, que soslayan, que especulan. El término parecía más ordinario aún cuando se lo comparaba necesariamente con otro pobre, porque este era pobre de alma, muy pobre, demasiado. Sin embargo era suelto de cuerpo, con una apariencia decidida. Ser pobre es ser pobre. Pero ser ese pobre, era no ser. Ya que los veíamos a diario, nos parecían comunes a todos, estábamos enajenados por ellos. Se veían en una esquina, en una pla-za, en la cola del banco, en el colectivo, sentados a la cabecera de una mesa, en una banca del congreso, en la televisión, los escuchábamos en la radio, los leíamos en el diario; pero uno así, creanme, era difícil de encontrar, también difícil de digerir. Uno no sabía si permanecer a distancia, o débilmente enfrentarlo con palabras inteligentes, uno no sabía, porque él no las entendía, necesitaba de frases más sencillas, más ordinarias, que doblegaban a uno, que lo asfixiaban. Teníamos que hablar de ciertos aspectos de la política, como si el presidente tenía un ojo mal o los dos, que si tenía guita, que si afanaba, que si su mujer estaba buena, que qué comía cuando estaba en la casa rosada o si fingía cuando hablaba de la manera que lo hacía. No hablábamos de si en realidad esa persona era el presidente, o que si su mujer lo era por que él manejaba el país, no de las empresas que hacía accionar en el interior, no de cómo había perdido en el congreso pero todavía tenía voz y voto, no de como 9 de cada 10 tapas de revistas hablaban de él, mal o bien, pero hablaban y por qué lo hacían, no de coimas, de corrupción, de censura, por nombrar algunos temas. No porque éstos fuesen más profundos o más técnicos, sino porque formaban una realidad que debía ser conocida, ad-mirada y criticada. No teníamos que ser meros entes que se dejaban ser por otros, no, debíamos saber si había consonancia al pronunciar, por ejemplo, la palabra libertad con dos laringes distintas, quizá una en el congreso y otra per-dida en la charla de una familia en un barrio. Decir libertad no era lo mismo. Por eso ser un pobre, o un pobre de alma, tenía connotaciones diversas, fuertes y emblemáticas. Uno no podía tolerar ser del segundo tipo, no. Tenía que luchar, morir inclusive en el intento de no ser.
Pobre tipo, pensé de nuevo. Iba por avenida Libertador sin casco, rebasando otra moto que manejaba una mujer. Me gustaba sentir el aire fresco de la mañana. Me gustaba lle-varlo conmigo a donde fuese. Yo, sinceramente, pensaba de mí que era un pobre tipo, del primer grupo. Sin embargo no podía fingir el miedo de volver a ser uno de los otros. No podía. Ese día renuncié a mi trabajo. Le dije a mi jefe que lo de la moto no era para mí, que estaba para cosas más serias y redituables. Él no objetó ni una palabra. Lo vi revisar una pila de curriculum para llamar a un próximo candidato para el puesto. Dejálo no ser, pensé, y salí con una sonrisa en el rostro, dibujada. Tenía la suerte de tener que dar pocas explicaciones y a pocas personas, a dos. Me volví a pie, porque la moto no era mía. Ví pasar a la mina que yo había dejado atrás en la avenida. Venía con una sonrisa figurada y al verme me mostró los dientes, como una señal de aceptación. Detuvo la moto en la vereda y me dijo que te vaya bien, no ibas a durar mucho en ésto. Y era verdad. No quería ser de nuevo ese pobre que se dejaba no ser, aunque me desagradaba también la idea de ser el otro pobre, ése que se dejaba ser, pero que sin embargo no era.
Yo había sido pobre alguna vez. En los dos sentidos. Primero uno y después, con el tiempo, el otro. Después con cierta urgencia volví al primero. Por eso podía hablar y decir. Había tenido hambre, sueño, y también había llegado a no tener nada, aunque tener nada, ahora que lo pensaba, era, en fin, tener algo. Quizá para no tener realmente nada, había que pensar que esa nada no era nada, un nada de nada. Pero se caía en algo sumamente más trágico, en una repetición indefinida del término, en algo filosófico, astro-nómico, universal, aunque sumamente digno. Pensar que uno no tuvo nada de nada de nada parecía absurdo o psicótico, pero para figurarlo se podía decir como que no tuve ni siquiera un nada.
Después tuve todo. Riqueza, mujeres, dignidad imaginaria, marginalidad consciente del alma. Me doblegué. Por un lado había luchado por no ser ese pobre que tanto despre-ciaba y por el otro lado caía en el agujero de Alicia en el país de las maravillas, con un vaso de whisky en la mano y la nariz ensangrentada. Ya no era el pobre del que todos decian, ése, el pobre, sino el otro, el que podían llegar a decir, pobre...
Tuve todo. Pero parecía como no haber tenido nada. Aclaro, parecía, porque diariamente me preguntaba, ¿qué es lo que tenés, a qué te aferrás con tanto esmero, a qué te dejás ser?. El día que salí por la puerta de atrás humillado por ellos, deje de ser ése. Dije: ya no sos. ¿Qué era tener todo al final?. Todo no puede ser nada ¿Todo es nada? ¿Nada puede ser todo? ¿Todo es todo?. ¡Que ficción!, dije. ¿Cómo pude haber creído que tenía todo, si no era nada?
Me afeitaba con la paciencia de un cirujano. Iba a contrapelo, desde el mentón hasta el labio inferior, enjuagaba, iba desde el cuello pasando por la mandíbula hasta los pómulos, enjuagaba, pasaba en los bigotes, desde el labio superior, subiendo, hasta la unión con la nariz. Así una y otra vez. Me miré al espejo por primera vez en años. ¿Quién sos?, dije en voz alta. Hubo consonancia. Los dos, el pobre y el otro pobre habían hablado. Se volvió a repetir. Sos vos, al fin. -dijeron.
La bala me atravesó la laringe hasta el occipucio. Eso, por supuesto, me lo explicaron después.

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