30 de septiembre de 2010

MONÓLOGO INTERIOR

ALGO QUE PASA POR DENTRO


                  Tranquilo, tranquilo. La prostitución siempre fue así, la merca también. Parece que estás en el paraíso, pero de repente se te abre la cabeza y te das cuenta que estás acos-tado con una trola que no conocés y que te la está chupan-do y tampoco sabés por qué. La cosa es que seguís porque la joda tiene eso, eso de querer seguir y no querer parar, como una adicción. Pero la cosa es que estas ahí, mirán-dote en el espejo y te tocás la nariz porque te arde, sabés por qué es, ella está inclinada, y vos sabés que te duele, dejala que siga... no le va a hacer nada. Lo sabés, pero te inclinás vos también de nuevo y te tocás la nariz como diciendo te dije que te iba a doler pelotudo. Te levantás, te mirás en el espejo de nuevo y vas hasta la sala, prendés la tele y haces algo no habitual, te prendés un cigarrillo, para relajarte. Suspirás. Cambiás los canales de arriba hasta los menores, sabés bien que lo que te interesa está ubicado por ahí, en la franja más estrecha, todos juntos como un pa-quetito, como si estuviesen envueltos y preparados a pro-pósito para que los consumas, y vos caes, caes porque siempre caes y te plantás en uno. Después te tocás el pelo y te das cuenta que no te bañaste y que la noche por lo visto fue larga, y que queda algo de resaca también. Antes de llegar al baño, abrís un poco la puerta del dormitorio, ella esta ahí dormida, sabés que la perdiste hace mucho tiempo, pero la ves ahí, como el mejor recuerdo. Abrís la otra habitación y está la puta inclinada, ya no da más.
Cuando salís a la calle parecés otro. Parecés, dije, pero sos el mismo, por dentro, digo. Por dentro tenés esa cosa que te busca, ¿no?. Lo sabés, lo sabés bien, te persigue, lo llevás adonde vas porque lo tenés adentro. Y cuando ves a la gente, no sé, en Avenida Santa Fé, te preguntás si ellos también lo llevan, lo llevan los hijos de puta y lo disimulan bastante bien, de alguna manera, porque no se les nota, para nada, como a vos. Seguís caminando, escuchás algún tema conocido que sale de algún local y puteas porque te olvidaste el mp3, y el momento hubiese sido perfecto para poner algún tema que te haga más ameno el viaje, a todos nos pasó alguna vez. Pero la cagada es que seguís cami-nando, ahora por Ayacucho, la calle es un poco más estre-cha, y querés abrir los brazos y abrazar a alguien, porque estás contento, porque no te detenés, porque súbitamente pensás que todos nos podemos amar de una manera desin-teresada y te ponés contento, todos lo hacemos, y te sonreís en la calle, y afortunadamente no te importa lo que piensa el que te está mirando y se baja de la vereda para caminar por la calle cuando te cruza, porque no entiende la felicidad de tu cara, es raro, es sincero, no parece fingir el flaco, y mueve la cabeza, parece que está hablando solo; sí, en realidad se está hablando solo, no finge, se está diciendo “pobre flaco, le debe pasar algo, va caminando hablando solo, murmurando, riéndose, algo le debe pasar”. Pero todo tiene un fin. Cuando llegás al microcentro volvés a ser el flaco con esa cosa por dentro. Estás a punto de cruzar la 9 de Julio y pensás que es la más ancha del mundo, ¿para qué carajo nos sirve tenerla?, pero sabés que es así, está. Y Maradona es el mejor del mundo, eso sí, pero para qué. Llegás al primer semáforo. Te viene otra sensación, casi una expresión, ¡que linda ciudad la puta madre, hay que disfrutarla, no ser tan amargo!. Mirás a tu alrededor. Mirás tu maletín que no es de cuero y te gustaría tener una mochila, algo más cómodo, informal. Mirás para la izquierda y el sol te da en la cara, pensás, pensás sola-mente... que es la primera vez que sentís tan tibio al sol, lo sentís poético al sentimiento pero enseguida te asqueas por el pensamiento cursi y mirás para adelante al hombrecito amarillo en el semáforo, esperando como todos los demás. Das el primer paso con la pierna izquierda y no te molesta acordarte del refrán. ¿A quién le importa esa mierda?. Volvés de a poco a ser vos, estás lejos de ese que se reía en Ayacucho. Pero seguís.
Te parás en un puesto de diarios, todos los días lo haces, y mirás de reojo a una flaca que reparte volantes en el banco, te hace acordar a alguien, a alguien que olvidaste y no querés recordar porque te duele, sabés que te fue difícil superar que ella te dejara por otro, y encima vos que sos medio metrosexual, te hubiese gustado cagarlo a trompadas pero no te animaste, te quedaste con toda la bronca y ahora ves a esa flaca y te querés matar, te hace sentir como un pibe, aunque sos un pibe, pero el laburo que tenés te hace un tipo serio y te avejenta. La mirás y te escondés entre los diarios, no sabés que hacer. La sensación es media estú-pida, porque tendrías que encararla y se acaba la historia, tenés miedo al rechazo, te mata eso, estás solo, lo sabés, pero no estás queriendo a nadie, tampoco te querés casar ni mucho menos, y el sentir que alguien no quiere estar con vos ya pone el problema en otro plano, que es el de los demás, el punto de vista de los demás, por el que vivimos todos sin darnos cuenta. Te animás a caminar y pensás en la puta que te venís de coger, no tendrías que tener miedo, son todas iguales, les gusta a todas de la misma forma. Pero la ves, esta ahí paradita, no dice nada, reparte los vo-lantes desinteresadamente hasta que te mira, y vos la mirás y como un pelotudo no agarrás el volante que te extendía, sin saber que ahí esta el teléfono de ella, porque vende unos planes para el gobierno con el nombre del banco, y te pasás, te pasás de pelotudo, de cagón. No pueden decir nada los demás. Nadie sabe lo que le pasa al pobre pibe, por qué se tropieza, y nadie sabe porque a ella se le caen todos los volantes mientras lo sigue mirando. Doblás en Lavalle y tenés la lengua pastosa.
Llegar a Lavalle te dice que estás cerca y te ponés eufórico, muy eufórico. Te corre esa adrenalina por el cuerpo, la de la noche anterior y te empezás a sentir mejor, la piba queda atrás hasta la próxima vez. Te sentís medio ganador y medio perdedor. Sabés que es mejor que no sentir nada, por lo menos. Te ves en los espejos del cine, querés aminorar el paso para verte mejor, pero ahí entran los demás que crees que te están mirando, muy poca gente se para realmente a acomodarse el pelo y le importa un carajo si alguien la mira. Digo, tendrías que hacerlo más seguido. Eso te hace bien. Te gusta verte bien. Y te mirás así, al pasar, si tenés bien el pelo o la corbata, y seguís, pero con la sensación de no estar conforme con la ojeada, pensás en el baño de algún resto, pero sabés que tendrías que consumir, y es inútil porque vos sabés que sólo necesitás una mirada de menos de un minuto. Tenés esa sensación, la misma de la que hablamos cuando saliste de tu casa. Y la euforia se pasa, es momentánea, casi exótica, sabés que va a ser im-posible que vuelva. Te volvés a sentir raro.
Entonces decidís fumar. La medida es casi mágica, porque te olvidás que estás mal, que viste a la flaca y que venís de estar con una puta y no te bañaste. Pucho mágico, decís, lo prendés medio mal, porque hay un poco de viento, la magia se va a la mierda y quedás como el cornudo de la calle Lavalle. Pero con la tercer pitada y el celular que sonó la cosa cambió. Era tu jefe, te preguntaba dónde estabas y en cuánto tiempo llegabas. Falta poco, le dijiste.
Florida. Te pasa alguien de costado que te golpea, te das vuelta, la mirás, pensás que esta buena, y seguís cami-nando, pero te gustaría dar otra miradita, la verdad que tenía buen culo, pero no lo haces. Ves el puestito de pan-chos que por alguna razón no te gustan, o te gustan pero no te gusta ser de los que comen ahí parados pudiendo ir a un Mc Donallds, pudiendo relacionarte con otro tipo de gente. Pensás, pensás que es difícil vivir así, con esa careta diaria, con esas ganas de vivir, y ese no vivir cotidiano, convi-viendo para que estemos así. A todos les pasa, no se pueden hacer los boludos. A todos nos pasa que salimos y somos otros, independientemente de lo que trabajemos, de lo que pensemos, de lo que creamos que piensan los demás, de los demás como individuos, inclusive. A todos nos pasa que queremos vivir como se debe vivir, pero nos conformamos con lo que somos, careteamos la realidad, somos irreali-dades. Como vos, que vas por Florida floreándote pero de-jaste a una putita drogona tirada en una cama y eso ayer te hizo sentir bien, vos te sentís bien ahora, creés que te sentís bien, pero quién te dice qué está bien o está mal, es así, como vos lo creés. Te viene esa sensación a la garganta, a la boca del estómago, te late el corazón un poco fuerte, te transpiran las manos. Pero parás en un kiosko y te comprás unos chicles para el aliento, no sea cosa que le hables a tu primer cliente y eches todo a perder. Estás casi llegando a la plaza, sabés que tenés que doblar a la derecha.
Cuando doblás, y no sé si será porque era un ángulo cerra-do, el panorama cambia para vos. Tenés adelante a una piba de unos 18 años que está divina, que camina bastante rápido y usa zapatillas. Vos venís parejo, no te querés adelantar porque corrés el riesgo de no poder porque es ligera, pero tampoco te querés quedar atrás. Eso que tenés adentro te hace sentir que vos podés, y le querés ver la cara. ¿Quién será la que camina con esa armonía en las piernas, con esa soltura tan peculiar en las conchetas?. Te metés un chicle en la boca y te das cuenta que naciste para esto, que es innato a vos. A quién no le pasa. La cosa te dura menos de media cuadra, ella se para para comprar algo en un negocio, vos te haces el distraído que mirás porque parece que se te cayó algo, y le fichás la cara. Te dás cuenta que lo mejor para ella es que la miren de atrás, no es como la piba que reparte volantes en el banco, ni siquiera como la putita. Ahora sí. Te dás cuenta que estás llegando tarde.
El llegar tarde es, quizá, común. Siempre pasa algo. Depende también dónde trabajemos, si tenemos horarios flexibles o jefes flexibles. La cosa es que parece que llegás siempre tarde. Te quedan dos cuadras y pensás por qué no te tomaste un taxi apenas saliste de tu casa. Lo sabés, sabés por qué fue. La sensación parece estar ahí, la regurgitas, la traes de nuevo hasta la garganta, y sentís gusto a vómito. Tu jefe te está esperando.
Lo que no sabés es que enfrente, en la plaza, dos flacos se preguntan por primera vez que es lo que venís carburando. Los flacos están ahí sentados, tomando mate, pero discuten algo, algo de vos, porque te vieron doblar y hacer todo lo que hiciste, te vieron levantar algo del suelo y mirarle el culo a la mina. Que cómo estás vestido trabajás en una oficina, que tenés guita, que tu novia debe estar que se parte, que venís de buena familia, que nada en este momento te está rompiendo las pelotas, que tu trabajo es perfecto. Se preguntan, de ingenuos, si existe alguien que este pensando algo de ellos, tal cual como ellos de vos. No lejos, sino ahí. Que los estén mirando y diciendo, ¿que pen-saran estos flacos?, ¿qué estarán haciendo sentados a esta hora, en horario laboral, tomando mate?, ¡que vida, eh!. Vos venís a los pedos, podrías mirar pero no lo hacés, te parecen vagos. A la cuadra, sentís que te hubiese gustado estar en su lugar, sin presiones, escandalosamente tranqui-lo, sin esa cosa por dentro. ¿A quién no le pasa que quiere por un momento ponerse en el lugar del otro?.
Mirás la hora, te quedan tres minutos y una cuadra. La cosa se puede complicar, es tu primer cliente.
Te viene esa cosa que sentiste todo el viaje y que sentís todos los días. Lo sienten todos, ese vacío, esa cosa que no es cosa. Y tocás timbre. El portero te abre. Te dás cuenta que el trabajo es así, que las cosas no se pueden cambiar, que vamos a vivir encadenados al laburo hasta morir. Pero te acomodás la corbata, no te queda otra, además el trabajo te gusta, no lo negás, ponés siempre la mejor cara, la que elegís del ropero. Es el primer cliente tuyo, después de que hiciste de todo para la compañía. Ahora te dás cuenta de que con 30 años sos un tipo importante y podrías disfrutar más de la vida. Sabés que las cosas cambian, pero sabés también que te amoldás rápido, que sos como la masa de un panqueque, como la crema, como la plastilina. Todos lo hacemos. ¿Quién puede ser tan arrogante y negarlo?. ¿Quién no dejó alguna vez todos los ideales para hacer un trabajo pelotudo, para ser simpático, para tener química con los demás, para ser un poquito mejor, a costa de men-tirse descaradamente?. Sacás lo mejor de tu vanidad y te parás en el medio del hall para acomodarte el pelo, que lo tenés bien, pero lo querés repasar. El portero, que te mira, es un portero. Y subís. Sabés que la empresa te dio mucho, que no le podés fallar, que tenés que dar un poco más. Tirás el chicle en el piso del ascensor.
Tu jefe en persona te abre la puerta. Eso es importante, y que el tema de que llegaste tarde no lo va a tocar. Te pide que pases a la otra habitación donde tu cliente te espera. Antes, te presenta a su jefe, el que está más arriba, que te quiere conocer. Te hace quedar bien, lo sabés, por las cosas que le dice y más que nada por todas las que omite. Y querés dar todo. Ahora sí sos feliz, ahora sí querés abrazar-los, como te pasó en plena calle Ayacucho. Querés echar una ojeada al historial de cada uno y alabarlos. Querés compartir tu felicidad. Ya no sentís esa cosa en el estó-mago, se fue. Se fue la putita, se fue la flaca de buen culo y hasta la piba del banco. Entrás a la habitación.
No te dás cuenta, pero el cliente está nervioso. Se le ven algunas gotitas de transpiración. Vos te sentás, con estilo, te acomodás la corbata y abrís un cajón. Te preguntás ahora si es necesario saber el nombre del tipo, la vida. Y cerrás el cajón. Él te ve, claramente. No te preocupa tu camisa, ni la pared, ni las cortinas nuevas de la oficina, menos el piso recien encerado. ¡Pam!. Sabés que naciste para esto. Sabés que el seso enchastrando la pared, la sangre chorreando de las venas, y el nombre de un tipo común no te importan, como a todos.
  
Roberto Rowies.